Los libros de emblemas se convirtieron en
verdaderas polianteas a las que, como a otros
repertorios, los hombres cultos de su época recurrían para autorizar y
enriquecer su discurso. De esta forma, los tratados políticos y morales, los
sermones y cartas, las obras poéticas y en prosa, aparecen llenos de referencias
emblemáticas.
Algo similar sucede
con las artes, desde la pintura y la escultura a la arquitectura. En un mundo
regido en buena medida por el principio de autoridad, este método de mostrarla y
fijarla en la mente de modo visual tuvo un éxito inmenso, y de igual manera que
los márgenes de los libros se plagaban de autoridades escritas, los cuadros, los
edificios e incluso las calles se llenaron de imágenes emblemáticas que los
dotaban de contenido.
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